La mujer que educa… y renace
Educar no fue, para mí, una elección casual.
Fue un llamado silencioso que se fue haciendo voz con los años.
Una voz suave pero persistente que me dijo: acá es, con estas personas, en este tiempo de la vida.
La mujer que educa no nace completa.
Se va formando en cada encuentro,
en cada mirada que duda,
en cada historia interrumpida que vuelve a intentarlo.
Educar, en la educación de adultos, es un acto profundamente espiritual.
Porque no se trata solo de enseñar a leer y escribir,
sino de volver a creer.
Creer que aún es posible.
Creer que el pasado no condena.
Creer que la dignidad nunca se pierde.
Cada estudiante que llega trae una mochila invisible:
miedos, frustraciones, silencios largos,
y también sueños postergados que esperan permiso para despertar.
Y ahí, la mujer que educa aprende a descalzarse,
porque ese territorio es sagrado.
Renací muchas veces en la escuela.
Renací cuando entendí que no debía tener todas las respuestas.
Renací cuando supe que escuchar también es enseñar.
Renací cuando el cuerpo dolió, pero el sentido sostuvo.
Como decía Paulo Freire,
“nadie educa a nadie, nadie se educa solo: los hombres se educan entre sí, mediatizados por el mundo”.
En ese mundo compartido, yo también fui educada.
Por mis estudiantes.
Por mis colegas.
Por las historias que me transformaron más de lo que yo pude transformar.
Educar es sembrar sin garantías.
Es confiar en el tiempo del otro.
Es aceptar que no siempre veremos el fruto,
pero aun así elegir sembrar.
La mujer que educa aprende a renacer
cuando suelta la exigencia
y abraza la esperanza.
Cuando comprende que el error no es fracaso,
sino parte del aprendizaje humano.
Hay días en que la escuela cansa.
Hay días en que la burocracia pesa.
Pero hay otros —luminosos—
en los que una palabra dicha a tiempo,
una firma, una mirada, una oportunidad,
pueden cambiar una vida.
Y entonces todo vuelve a tener sentido.
Renacer no siempre es empezar de cero.
A veces es recordar por qué empezamos.
Hoy sé que educar es una forma de oración.
Un gesto cotidiano de fe en el otro.
Un acto político, amoroso y profundamente humano.
La mujer que educa no se cree salvadora.
Se sabe compañera de camino.
Camina al lado, no adelante.
Ilumina, no enceguece.
Y cada vez que un adulto termina su primaria,
no solo renace su historia:
renace también la mía.
Porque mientras haya alguien que vuelva a aprender,
yo seguiré eligiendo educar.
Y en ese acto sencillo y enorme,
seguiré renaciendo.
Gracias por confiarme ser la voz 🌱📖.
Gracias por ser parte de esta historia que recién comienza y que crece con cada uno de ustedes.
Con gratitud, luz y propósito,
Sandra
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