lunes, 29 de diciembre de 2025

Soy... Capitulo 3


Cuerpo, palabra y sanación

El cuerpo habla.

Siempre habló.

Aun cuando yo no sabía escucharlo.

En la escuela aprendí a leer palabras escritas;

en la vida, aprendí a leer las palabras del cuerpo.

Esas que no gritan, pero insisten.

Esas que duelen cuando algo no fue dicho,

cuando el alma cargó más de lo que podía sostener.

Durante mucho tiempo creí que ser fuerte era seguir.

Cumplir.

Responder.

Estar para todos.

Y el cuerpo, paciente, fue guardando memorias:

cansancio, tensiones, silencios prolongados.

Hasta que un día pidió pausa.

No fue castigo.

Fue mensaje.

El cuerpo no enferma para traicionar,

sino para proteger.

Para decir basta cuando la boca calla.

Para invitar al cuidado cuando el amor propio quedó en segundo plano.

La palabra llegó como medicina.

Nombrar lo que dolía fue el primer acto de sanación.

Decir tengo miedo,

decir necesito ayuda,

decir no puedo sola

abrió un espacio nuevo, más humano, más verdadero.

También en la educación la palabra sana.

He visto cómo un adulto se endereza al escuchar:

“sí, podés”.

He visto cuerpos cansados recuperar dignidad

cuando la palabra no juzga,

cuando reconoce trayectorias,

cuando abraza.

Como educadora aprendí que no todo dolor se resuelve con contenidos.

A veces se sana con presencia.

Con escucha real.

Con respeto profundo por los tiempos del otro.

El cuerpo de quien aprende también trae historia.

Manos que trabajaron toda la vida,

espaldas dobladas,

miradas que esquivan por vergüenza.

Y allí, la palabra pedagógica debe ser suave,

porque toca vidas, no solo cuadernos.

Mi propio proceso de sanación me enseñó a bajar el ritmo,

a honrar el descanso,

a comprender que cuidarme no es egoísmo,

es responsabilidad.

Sanar fue reconciliarme con mi cuerpo.

Dejar de exigirle más de lo que podía dar.

Agradecerle por sostenerme incluso cuando yo no lo escuchaba.

Hoy sé que cuerpo, palabra y sanación están unidos.

Cuando una palabra se dice con amor,

el cuerpo afloja.

Cuando el cuerpo es cuidado,

la palabra fluye.

Y cuando ambas se alinean,

el alma encuentra paz.

Educar también es sanar.

Sanar historias interrumpidas.

Sanar la autoestima dañada.

Sanar la creencia de que “ya es tarde”.

Y mientras acompaño a otros en sus procesos,

sigo sanando el mío.

Porque la educación verdadera

no ocurre solo en la mente,

ocurre en el cuerpo que siente

y en la palabra que libera.

Este capítulo no es cierre.

Es cuidado.

Es conciencia.

Es un acto de amor hacia mí misma

y hacia cada persona que confía su historia en mis manos.

Con gratitud, luz y propósito.

Sandra

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Nombre: Sandra Noemi Cayón


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“Creí que enseñaba, y Dios me estaba formando; creí que guiaba, y la fe me estaba sosteniendo.”

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