La fe no siempre llega en forma de milagro.
A veces se presenta en lo pequeño,
en lo que pasa desapercibido para quienes corren,
pero no para quien aprende a mirar con el
corazón.
Aprendí que Dios —la vida, el misterio, el amor—
habla en señales sencillas.
En una libélula que aparece cuando algo está por transformarse.
En las aves que vuelan sobre la casa como si custodiaran el hogar.
En una flor que vuelve a abrir aun después del frío.
Los pequeños signos no hacen ruido.
No exigen.
Solo se ofrecen.
Y es la fe la que los reconoce.
En la escuela también hay signos.
Un estudiante que regresa después de mucho tiempo.
Una mano que se levanta con timidez.
Una sonrisa que aparece donde antes había vergüenza.
Nada de eso es casualidad.
La mujer que educa aprende a leer esos gestos mínimos
como textos sagrados.
Porque allí ocurre lo esencial.
Allí se confirma que vale la pena seguir.
Hubo momentos en mi vida en los que la fe fue apenas un hilo.
No una certeza,
sino una intuición frágil que decía: confiá.
Y los signos llegaron para sostenerme cuando las fuerzas flaqueaban.
El cuerpo que pidió pausa fue un signo.
El amor que me rodeó en los días difíciles fue otro.
Las palabras que llegaron justo a tiempo,
los encuentros necesarios,
las llamadas inesperadas…
todo hablaba.
Como educadora, aprendí que la fe no se impone.
Se testimonia.
Se encarna en gestos coherentes,
en decisiones éticas,
en una pedagogía que cree en el otro incluso cuando el otro duda.
Paulo Freire nos recordó que la esperanza es un acto político.
Yo agregaría que también es un acto espiritual.
Esperar en el ser humano es una forma profunda de fe.
Los pequeños signos me enseñaron a no desesperar.
A confiar en los procesos.
A comprender que todo crecimiento es lento,
como el del fruto que madura en su tiempo.
Hoy camino con los ojos más abiertos y el alma más atenta.
Sé que no todo será claro,
pero también sé que siempre habrá señales
para quien se detiene a mirar.
La fe en los pequeños signos no evita el dolor,
pero lo vuelve transitable.
No elimina las dudas,
pero las abraza.
Y mientras sigo educando,
sigo aprendiendo a leer la vida
como un libro sagrado escrito en gestos simples.
Porque cuando la fe habita lo cotidiano,
lo pequeño se vuelve inmenso.
Y la esperanza, una compañera fiel del camino.
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Sandra
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“Cuando solté el control y abracé la fe, comprendí que cada paso —aun el más pequeño— estaba sostenido por un amor mayor.”

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