Ella era mitad humana y mitad universo,
una frontera viva entre lo finito y lo eterno.
Sus huesos eran polvo de estrellas olvidadas,
y su aliento sabía a supernovas recién nacidas.
Caminaba con la lentitud del tiempo sideral,
como si cada paso tejiera una nueva galaxia
o deshiciera un agujero negro en su pecho.
Nadie entendía por qué lloraba cuando llovía,
pero era porque el agua le recordaba
a los ríos de materia oscura que cruzaban su alma.
Ella era mitad humana,
con manos torpes,
con dudas clavadas bajo la piel,
con el corazón palpitando como un planeta
que gira sin saber a dónde.
Y era mitad universo,
con la paciencia de las órbitas,
la furia de los soles moribundos,
la ternura callada de una luna distante
que nunca pidió ser vista.
Tenía risas que eran estallidos solares
y pensamientos tan vastos
que a veces se le escapaban del cuerpo
y se convertían en constelaciones nuevas.
La amaban sin entenderla,
como se ama lo que asombra y descoloca.
Y ella, entre carne y cosmos,
solo pedía una cosa:
que no intentaran contenerla en un nombre,
porque ni el lenguaje alcanza
cuando alguien
es mitad humana
y mitad universo.
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